40 años de relación maestro-discípulo entre Claudio Lucero y Rodrigo Jordan
Enseñar, exigir, cuidar y confiar: cuatro pilares para leer una relación de formación que comenzó en un taller con un solo alumno y llegó a la cima del Everest.
En 2026 se cumplen cuarenta años de la expedición chilena al Everest de 1986, liderada por Claudio Lucero, en la que participó un joven Rodrigo Jordan. Este artículo examina la relación maestro-discípulo que ambos construyeron en estos 40 años, con hitos como la primera cumbre sudamericana del Everest en 1922.
La mirada que propongo nace de una observación sostenida en el tiempo, no de una investigación hecha a distancia. Desde hace veinte años trabajo junto a Claudio Lucero y Rodrigo Jordan en Vertical, la empresa consultora que fundó Rodrigo para desarrollar liderazgo y equipos a partir de la experiencia de la montaña. En este tiempo he compartido con ellos innumerables situaciones propias del trabajo como coach-consultor y de convivencia cotidiana. Varias de las escenas que relato las presencié o las conocí de primera mano, en la voz de sus protagonistas.
Propongo que esta relación se sostiene en cuatro pilares: enseñar, exigir, cuidar y confiar.
Los cuatro pilares no pretenden agotar una relación tan rica y tan larga, sino nombrar lo que he visto repetirse, una y otra vez, en la forma en que el maestro y el discípulo se relacionan.
Introducción
Una cordada que dura toda la vida
La relación entre Claudio Lucero y Rodrigo Jordan es uno de los casos más nítidos de maestría en la historia del deporte chileno. No fue una relación de entrenador y atleta, ni de jefe y subordinado. Fue una relación de formación, en el sentido más antiguo de la palabra: un hombre mayor que toma a uno más joven y se hace responsable de lo que llegará a ser. Lucero, nacido en Iquique en 1933, profesor de educación física, bombero, rescatista y fundador de la Escuela Nacional de Montaña, es considerado uno de los padres del montañismo chileno. En 1979 fue el primer latinoamericano en alcanzar la cumbre de un ochomil, el Gasherbrum II. Participó en las expediciones chilenas al Everest de 1983, 1986 y 1992.
Jordan, nacido en 1959, es ingeniero químico de la Universidad Católica y doctor por la Universidad de Oxford, Inglaterra. En 1992 fue uno de los primeros sudamericanos en la cumbre del Everest, y años después el único montañista en subirlo por sus tres caras. Hoy es profesor de liderazgo en el MBA de la misma universidad donde conoció a su maestro.
Entre ambos hitos hay cerca de quince años escalando juntos antes de 1992, y más de tres décadas de trabajo compartido después. Jordan llama a Lucero simplemente “el
maestro”.
Lucero, por su parte, ha dicho que el montañismo fue siempre para él un pretexto para ser libre y formar personas.

¿Qué hace que una relación maestro–discípulo sea exitosa? La literatura sobre mentoría ofrece buenas descripciones de funciones y etapas, y la literatura sobre equipos ha mostrado el valor de la confianza y la seguridad psicológica. Pero rara vez se observa una relación concreta durante décadas, en condiciones donde los errores se pagan con la vida. El caso de Lucero y Jordan permite hacerlo.
Mi propuesta es que la relación se sostiene sobre cuatro pilares: enseñar, exigir, cuidar y confiar, de manera simultánea y sostenida.

I. Enseñar
El maestro siempre tiene algo que transmitir
La relación empieza con una escena casi fundacional. Cuando Lucero inició sus talleres de montañismo en la Universidad Católica, tuvo un solo alumno: Rodrigo Jordan. Un taller con un único inscrito podría haberse cerrado. Lucero lo mantuvo.
Jordan lo recuerda como el comienzo de dos carreras paralelas, la de ingeniero y la de montañista. Lucero cuenta que sabía que se había inscrito un solo alumno y que le habían dicho que cerrara el curso, pero decidió hacerlo de todos modos.
En la convivencia de Vertical, esta disposición sigue intacta. Lucero siempre tiene algo que enseñarle a Rodrigo, como un criterio de seguridad, una forma de leer el clima, una manera de interpretar una situación con alguien o un equipo.
Para el maestro, la formación del discípulo no termina nunca, ni si quiera cuando el discípulo se convierte en una figura pública reconocida por su liderazgo. Jordan reconoce que Lucero usaba los errores porque eran una oportunidad de enseñar. Lucero ha dicho que el montañismo es un pretexto para inculcar valores. Su fórmula es simple: fortalecer lo positivo de cada persona y reducir lo negativo. También lo repetía de esta manera: “Haz el bien y evita hacer el mal”.
II. Exigir
Nunca más cosas a medias
El 15 de mayo de 1992, Cristián García-Huidobro, Rodrigo Jordan y Juan Sebastián Montes alcanzaron la cumbre del Everest por la cara Kangshung, la pared este, en apenas la segunda ascensión de esa ruta directa al Collado Sur. Fueron los primeros chilenos y los primeros sudamericanos en la cima. Chile entero lo celebró como una hazaña.
El mensaje de Lucero a Jordan fue tajante: «nunca más huevas a medias”. Hay que entender el contexto. Lucero arrastraba tres intentos fallidos al Everest. En 1986 había muerto Víctor Hugo Trujillo; en 1989 una tormenta borró el sueño a trescientos metros de la cima. El ascenso de 1992 se preparó durante dos años precisamente para no repetir esos errores. Para el maestro, cualquier daño evitable era una lección no aprendida.
La verdadera foto de cumbre es la que se sacan todos abajo, sanos y salvos.
El maestro no se conforma con el resultado visible. Pregunta por el costo, por el proceso, por lo que se sacrificó en el camino. Y no acepta lo hecho a medias, aunque el mundo entero aplauda. Para una organización, esto supone revisar los éxitos con el mismo rigor que los fracasos. Por eso decía que la verdadera foto de cumbre es la que se sacan todos abajo, sanos y salvos.
III. Cuidar
El discípulo se cuida en todos los ámbitos de la vida
El cuidado de Lucero no termina en la cuerda de seguridad ni en el campamento base. Se extiende a la vida entera del discípulo. Cuando Jordan tuvo interés por la política, Lucero no estuvo de acuerdo. Su razón no era ideológica ni estratégica: consideraba que Jordan era una persona demasiado buena, y temía lo que ese mundo podía hacer con él.
Es una intervención que muchos considerarían fuera de lugar. ¿Qué tiene que opinar un instructor de montaña sobre la vida pública de su discípulo? Ahí está precisamente la diferencia entre un instructor y un maestro. El instructor se ocupa de una habilidad. El maestro se ocupa de una persona.
El instructor se ocupa de una habilidad. El maestro se ocupa de una persona.
El cuidado de Lucero, además, nunca fue un discurso. En uno de sus intentos al Everest, estando sobre los 8.300 metros, renunció a la cumbre para ayudar a su compañero Gastón Oyarzún. Pudo haber sido el primer sudamericano en la cima; eligió a su compañero. Quien ha visto a su maestro renunciar al sueño de su vida por cuidar a otro entiende sin necesidad de palabras qué significa cuidar.
Cuidar a alguien supone mirarlo como persona completa, no solo como recurso para una tarea. Y supone, a veces, decirle cosas que no quiere oír sobre decisiones que no son estrictamente profesionales. Es un terreno delicado, que exige una relación construida durante años; sin ese vínculo, la misma intervención sería una intromisión.
IV. Confiar
Tú puedes
El momento más intenso de la relación ocurrió por radio. Durante el ataque final de 1992, Lucero había abandonado a los 7.600 metros, extenuado, y seguía desde abajo el avance de sus discípulos. García-Huidobro ya había hecho cumbre. Jordan, al límite de sus fuerzas, le comunicó que se devolvería, porque ya se había conseguido el objetivo de la cumbre.
Lucero no aceptó. Le recordó que llevaban quince años escalando juntos y le dijo: “Yo sé que eres capaz; tú puedes, Rodrigo”. Y así ocurrió: poco rato después, Rodrigo y García-Huidobro se abrazaron en la cima del mundo.
“Yo sé que eres capaz: tú puedes, Rodrigo”.
Claudio Lucero, Everest, 1992
La confianza de Lucero en Jordan no se limitó a ese momento. Lucero confía en sus criterios y en sus valores. Por eso apoyó el rol de Jordan como jefe de esta expedición, aunque Lucero fuera el montañista de mayor trayectoria del grupo.
Síntesis
Tensión y contención
Los cuatro pilares cumplen dos roles. Dos de ellos tensionan: la enseñanza abre una brecha entre lo que el discípulo sabe y lo que podría saber, y la exigencia abre otra brecha entre lo que hace y lo que podría hacer. Los otros dos contienen: el cuidado y la confianza hacen que esa distancia sea habitable.
Exigencia sin cuidado lleva a la zona de ansiedad; cuidado sin exigencia, a la de comodidad. La relación entre Lucero y Jordan se ha movido, durante décadas, en la zona de aprendizaje: alta exigencia y alta seguridad a la vez.
La tabla 2 resume las formas en que una relación maestro–discípulo se deforma cuando uno de los pilares no compensa a otro.

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