Poder y dinero; y humildad moral
“Solo una mente educada puede entender un pensamiento diferente al suyo sin necesidad de aceptarlo”.
(Anónimo, aunque atribuido a Aristóteles)
El poder y el dinero son fuerzas poderosas que pueden orientar la conducta hacia objetivos individuales en desmedro de los colectivos. Es lo que ocurre cuando la política se expresa como una lucha por el poder a expensas de la colaboración, o cuando el afán por conseguir riqueza lleva a la codicia, sin que haya objetivos superiores que enaltecen a la persona y dignifican a la sociedad.
En estos casos, el individualismo es la norma. Se privilegia el bien individual por sobre el bien común. El egoísmo se impone a la solidaridad. No es sorprendente que se llegue, en algunos casos, a la corrupción y el abuso.
Poder y dinero como medios nobles
El poder y el dinero bien empleados, son medios para alcanzar fines superiores. Por ejemplo, si se busca alcanzar el poder político porque se tiene una vocación de servicio a los demás, entonces la política, limpiamente practicada, es una actividad edificante y noble. Del mismo modo, si se reconoce que “sobre los bienes grava una hipoteca social” (Principio de la Doctrina Social), se está asumiendo una responsabilidad de utilizar esta riqueza para contribuir al bienestar de las personas y al bien común.
Cuando el dinero y el poder limitan la libertad
El problema es que, con más frecuencia que la deseable, poder y dinero se transforman en “ídolos” o “señores” que avasallan a las personas. Devienen en el norte de la vida, el objetivo a perseguir. Se busca el poder para imponer las propias convicciones y dificultar cualquier acuerdo, incluso provocando un conflicto. Y si se tiene dinero y lo único que se pretende es aumentar aún más esa riqueza, se está desvirtuando el sentido de la vida.
En estos casos, poder y dinero actúan como restricciones a la libertad. El mundo se vacía de los grandes ideales del ser humano.
Quienes buscan imponer sus puntos de vista por la fuerza del poder o el dinero, parecen olvidar que el verdadero poder está en la capacidad de alcanzar un compromiso. En nada ayudan las personas que creen tener toda la razón y que piensan que los otros están equivocados. Y si tienen una posición de fuerza para imponer sus puntos de vista, su comportamiento puede ser abusivo y desconsiderado.
No trepidan en dividir a la sociedad entre “los buenos” (nosotros) y “los malos” (ellos). Y creen tener el monopolio del saber, olvidando que “a la humanidad le beneficia más la búsqueda de la verdad que la creencia de poseerla” (Rob Riemen citando a Thomas Mann, Thaurus, 2017).
El principal desafío para las personas de vivir en sociedad es despertarlas de este letargo. Hay que aceptar la posibilidad que incluso convicciones profundamente arraigadas puedan estar descaminadas. Ver al otro como un contrincante que hay que vencer sólo porque tiene ideas distintas destruye el sentido de comunidad.
Para construir una mejor sociedad, los grupos que se enfrentan deben renunciar a la imposición y la violencia, y disponerse a negociar de buena fe. Valorar lo que otras personas aportan requiere humildad moral.