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Ni introvertidos ni extrovertidos, sino otrovertidos

Ni introvertidos ni extrovertidos, sino otrovertidos

Durante muchos años, la psicología de la personalidad se ha regido por el paradigma de Carl Jung: ser introvertido o extrovertido. La historia ha mostrado que esta distinción describe un mecanismo que puede ser, en ciertas personas, predominante o no, y dinámico u oscilante; es decir, que una persona puede tener el mecanismo en grados que varían de acuerdo con su historia y circunstancias. Sin embargo, esta distinción ha demostrado ser insuficiente para capturar la experiencia de una población creciente que se siente intrínsecamente ajena a la identidad colectiva. Para estas personas surge una distinción fundamental: el otrovertido (otrovert).

La génesis de la otredad

El término “otrovert” es una expresión acuñada a mediados de la década de 2020 por el psiquiatra Rami Kaminski, y que etimológicamente combina el español “otro” y el latín “verteré” (girar o volverse hacia). La orientación de otroversión describe a personas cuya dirección fundamental no es hacia adentro (introversión) ni hacia afuera (extroversión), sino hacia una posición de “otredad” o no pertenencia. Mientras que el introvertido “gira hacia adentro” para recargar energía y el extrovertido “gira hacia afuera” buscando estímulo, el otrovertido “gira hacia lo otro”. Esto significa que estas personas se sitúan como observadores permanentes en la periferia de la colmena social. Aunque poseen habilidades sociales funcionales y son empáticos, tienen una sensación de no pertenecer a grupos o colectivos.

El otrovertido rompe la dualidad tradicional

La distinción introvertido-extrovertido se basa en la fuente de energía y el umbral de estimulación. Los introvertidos se agotan fácilmente con la estimulación externa y recargan en la soledad, mientras que los extrovertidos requieren una estimulación externa para sentirse energizados. También se ha definido una zona neutra, llamada ambivertido, situada a medio camino entre los dos polos, donde se encuentran características de ambos rasgos. El concepto de otroversión, en cambio, desafía este modelo, pues no necesariamente los otrovertidos prefieren la soledad por defecto, como el introvertido, ni buscan la estimulación social como el extrovertido. Su diferencia es estructural y se centra en la ausencia del impulso comunal o colectivo. Algunos signos para identificarlos son su preferencia por interactuar uno a uno, independencia emocional, resistencia al pensamiento grupal y reticencia a los rituales, entre otros.

Independencia del consenso

El otrovertido no tiene el impulso biológico para fusionarse con el grupo o la identidad colectiva. Mientras que el introvertido se retira del grupo para proteger su energía, el otrovertido puede estar en el grupo, interactuando eficazmente, pero sintiéndose ontológicamente separado de la experiencia colectiva, como si fuera un turista o un visitante. Su posición es la de un disidente silencioso o de un observador que toma distancia para estudiar la interacción, en lugar de participar en la dinámica de poder del grupo. Un concepto clave para entender esta separación es el “fenómeno bluetooth”: la mayoría de la gente (gregarios) sincroniza sus emociones con el ambiente grupal de forma automática, pero el otrovertido tiene esta función apagada. Al carecer de esta sincronización automática, debe procesar las señales sociales intelectualmente, lo que resulta en un alto coste energético (procesamiento consciente de señales), que a menudo se malinterpreta como timidez o agotamiento.

La felicidad del otrovertido: de la frustración al don

El sufrimiento del otrovertido no es intrínseco a su naturaleza, sino resultado de la disonancia cognitiva entre un deseo de pertenencia socialmente condicionado y una incapacidad de pertenencia estructural e innata. Vive con el deseo de pertenencia al devaluar su capacidad de conexión profunda y sobrevalorar la conexión amplia que no posee, creyendo que su estructura emocional es defectuosa. El deseo o envidia que puede surgir es, en realidad, el deseo o envidia de la funcionalidad de los gregarios. La distinción de otroversión ayuda a estas personas a ser más felices al realizar un reencuadre cognitivo y ofrecerles una absolución existencial. El Dr. Kaminski describe esta aceptación como “El Don de No Pertenecer”.

Para alcanzar la felicidad y el bienestar

Para encontrar su felicidad, el otrovertido debe empezar por aceptar la falta de impulso para fusionarse con el grupo; es decir, aceptar que la incapacidad de fundirse en el grupo no es un fallo, sino una característica que le permite la independencia de juicio. De este modo, la autoestima incondicional se vuelve robusta porque no depende de la aprobación externa o grupal. Entonces, la soledad se reencuadra, no como un vacío, sino como un espacio de libertad, creatividad y observación, que permite al otrovertido alcanzar su libertad intelectual. Innovadores históricos como Albert Einstein, Franz Kafka o George Orwell podrían haber sido otrovertidos.

El otrovertido en la organización moderna

En un entorno organizacional que privilegia el trabajo en equipo y la cultura corporativa, el otrovertido puede sentirse hostilizado. La exigencia de participar en rituales como convivencias o retiros de team building no son un premio, sino una tarea agotadora o un castigo. El esfuerzo de simular la conformidad y mantener una personalidad “pseudo-extrovertida” desgasta su capacidad cognitiva y reduce su rendimiento real. Las organizaciones que valoren la diversidad y deseen aprovechar el alto potencial de los otrovertidos pueden considerar las siguientes estrategias de gestión:

  • Valorar el pensamiento crítico, la disidencia y la inmunidad al pensamiento grupal o de manada: los otrovertidos son ideales para roles vinculados a la estrategia, consultoría, auditoría e innovación disruptiva. Al no estar atados al consenso, pueden ver verdades incómodas y proponer soluciones radicales.
  • Gestión por resultados: se debe valorar el impacto del trabajo entregado más que la participación en rituales sociales. Si declinan un almuerzo grupal o una actividad social, debe interpretarse como una estrategia de gestión de energía y no como un acto de rebeldía o desinterés.
  • Proporcionar autonomía: los otrovertidos se recargan con la autonomía de pensamiento y la creatividad solitaria. Otorgarles independencia en su trabajo es clave para maximizar su potencial, ya que su capacidad única para permanecer estable cuando la multitud se mueve en una dirección equivocada es un activo.

Se puede concluir que esta distinción permite transformar la narrativa de un defecto en un don. El tener una palabra que lo pueda explicar es sanador para quien presente signos de ser otrovertido. Esto facilita cambiar la validación externa o el pertenecer a otros, por el pertenecerse a sí mismo. La soledad se transforma en un espacio de creatividad. La independencia emocional y el desapego favorecen la resiliencia y el buen desempeño en tiempos de crisis. En resumen, detectar a un otrovertido y darle un espacio para proteger su capacidad única para ver el mundo en forma independiente puede generar grandes beneficios para las organizaciones.

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